domingo, 14 de junio de 2015



Fuancho era un tipo extremadamente afortunado en los negocios y logró acumular tal fortuna que ya estaba realmente hastiado de hacer plata. Entonces dio un giro de 180° en su vida y se dispuso a gozar su inmensa fortuna que había logrado en la ciudad. Decidió vivir en el campo. Se compró una finca y la acondicionó de tal forma, que era la más linda, la más cómoda y la más funcional de toda la comarca.

Siempre había admirado a los jeques árabes del medio oriente, y tal vez por eso, acumuló tanta plata. Comenzó a imitarlos picado por el bichito de la vanidad. Lo primero que hizo fue organizar su propio harén y para ello contrató las modelos más espectaculares y las prepagos más cotizadas del país, pues quería estar rodeado de mujeres famosas. Consiguió los elíxir y afrodisíacos más reconocidos del mundo, entre ellos el borojó. Las empresas de salud y laboratorios clínicos se peleaban el contrato de las chicas porque él exigía que ellas estuvieran cero kilómetro, por lo menos, en cuanto a salud se refiere. Lo que menos pensaba él, era en morirse “pringado”.

Como ya se dijo, la finca poseía todas las cosas necesarias, incluso, medios de transportes para que las chicas dieran sus paseos a la ciudad. El nuevo jeque criollo inició su imperio sexual encantadísimo de su nueva vida. Primero fue con su preferida María, a quien él bautizó la A1. Sí, porque eran muchas y repetían nombre: A2, B2, C4, etc. Eran tantas: Marthas, Sandras, Yésicas, Stéfanies, Paolas… que cuando él daba la vuelta, ya María A1 era otra vez señorita, o eso creía él. Era tan largo su periplo que para las últimas, ya no lograba levantar mucho el “espíritu” y la lengua le ardía de tantas peladuras… sí, porque se le dio por comer el borojó en pasta.

Al final comprendió que un harén no es la maravilla del mundo. De ejemplos está llena la historia del hombre, donde se demuestra que estas chicas están dispuestas a perder su propia cabeza con tal de disfrutar otra “cabeza” de verdad. Como quien dice: “no hay ‘man’ que tenga cien mujeres ni cuerpo cavernoso que lo resista”.

Para recuperarse de su debacle “harénico”, decidió realizar otras vanidades, por ejemplo: eso de ponerle al inodoro solo la manija de oro no tenía ninguna gracia, por eso mandó a instalarlos de oro puro de 18 quilates. También cultivó, en compañía de su harén: patillas, melones, guanábanas, maracuyá y otras frutas que se caracterizan por tener muchas semillas.

Como no había alcantarillado y en su finca vivían muchas personas, los pozos sépticos se hicieron en forma de canales subterráneos que cruzaban toda la finca.
Pero un día en que Fuancho estaba sentado en su retrete de oro y al ver su deposición, se puso a pensar: “que vanidad más pendeja, tener un inodoro de oro para echarle simplemente mierda ¡Eso es absurdo!” Y entonces, dispuesto a corregir su vanidad estúpida, se dirigió a la cocina e impartió órdenes terminantes: “No más comino ni sazones comerciales. De ahora en adelante se aliñarán las comidas con oro en polvo. He dicho”.

Y así se hizo. Cuando esas niñas hacían sus necesidades, eso eran lágrimas corridas al ver sus mojones grandes, gruesos y centellantes por el oro en polvo. Querían guardarlos pero…
¿Cómo guardar un mojón?

Muchos opinaban que esa vanidad, o maldad con las niñas, era más absurda que la de los inodoros de oro. Pero no era cierto, esa idea comenzó a producir beneficios. Las patillas, melones y demás frutas eran más grandes, más jugosas y lo mejor: por dentro estaban llenas de pepitas de oro. Así que el tipo comenzó a acumular más fortuna. Con una sola ahuyama se podía pagar la deuda externa, porque eran pepitas de oro puro, producto de frutas cuyas plantas se abonaban con materia prima elaboradas por espectaculares cuerpos, que las depositaban por sus hermosos… bueno, un negocio redondo.

Pero como todos los imperios: Inca, Romano, Inglés y el de allá arriba que ya casi cae, por lo menos a pedazos o torre por torre, el de Fuancho también comenzó a decaer. Las frutas cada vez eran más normales y eso se debía a la falta de abono oportuno, ya que las niñas y todo el personal de la finca, se fueron volviendo estíticos y malamañosos. Las niñas cuando iban al baño ya no derramaban lágrimas, lanzaban lastimeros gritos de dolor porque los niños … eran más largos, más gruesos y ya no centellaban tanto.

Quienes visualizaron en esa situación un buen negocio fueron las empresas de salud, pues vieron que esas personas se estaban poniendo amarillas. No se sabe si por algún tipo de anemia, de hepatitis o era que se estaban petrificando, o mejor, “orodificando”.

Fuancho estaba realmente preocupado. Por primera vez en su vida, un negocio en el cual él había metido mano, estaba fracasando y no entendía la razón. Se propuso investigar a fondo la cuestión. Había notado que sus mujeres y empleados, últimamente pedían frecuentemente permisos para ir a la ciudad a hacer diligencias. Recordaba haberlos visto con paqueticos debajo del brazo cuando salían, pero nunca le dio importancia al asunto. Jamás pensó que sus empleados, y mucho menos sus nenas, le estuvieran robando, pues él los trataba muy bien y les pagaba buenos sueldos.

Ahondando en sus pesquisas, un día tomo el teléfono celular de su preferida, María A1, y lo revisó. Encontró un mensaje que le enviaba el padre, que decía:
“Querida hija: en tu último mensaje nos prometiste que enviarías una grata sorpresa y estábamos muy ansioso y contentos de recibirla. De manera que tu hermano fue a la oficina de mensajería a reclamar tu encomienda y le pusieron problemas porque de ella salían olores muy desagradables. Cuando la destapó en casa se puso iracundo y gritaba que los malditos empleados de la oficina de encomiendas se robaron la mercancía y para mayor burla colocaron en su lugar seis mojones que hedían a demonio y adornados con escarcha dorada. De la rabia cogió el paquete y lo tiró al río. Yo te recomiendo que vayas a reclamar.
Pensar que eso lo conseguiste con el dolor de tu alma”.

FIN
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